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Días atrás nos acompañó en la Tertulia Guillermina Medrano Mohamed Cheqrad, un marroquí que está elaborando su tesis doctoral en Valencia, para conversar sobre la inmigración en España. Nuestro país ha recibido en seis años casi la mitad de los emigrantes que llegaron a Alemania después de la segunda guerra mundial. Parece mentira, pero hemos pasado del puesto 21.º al 11.º entre los países de la OCDE en la ratio inmigrantes/población total. Lo más curioso es que hemos absorbido este salto demográfico de 40 a 45 millones de habitantes sin pestañear.
Este aumento de mano de obra aparejado a la inmigración mejora nuestras posibilidades de crecimiento económico; por otro lado, los inmigrantes, gracias a sus contribuciones a la Seguridad Social, refuerzan la sostenibilidad financiera del sistema español de pensiones. Sin embargo, para ellos no siempre se cumple el sueño español, faltan centros de acogida donde reciban información, orientación y consejos. Además, las remesas que envían a sus familias las maleducan, pues no asocian del todo el dinero fácil que reciben con el sacrificio del que se fue.
Pero no todo se reduce a economía, pues, como nos decía Mohamed, los españoles queremos mano de obra y nos llegan personas. Y con ellas nos llegan sus familias y unos nuevos modos de vida que necesitan adaptarse a nuestra forma de vivir. Para que la integración sea un éxito es necesario que la apertura sea tanto por parte del que llega como de la sociedad que le acoge. El emigrante vive su vida como el que construye una casa, a la que va añadiendo pisos a medida que va asimilando la cultura del país de acogida. Cada piso nuevo, una capa nueva de cultura. Pero no olvidemos que, para llegar al segundo piso, tendremos que pasar antes por el primero.
Por eso, para que asimilemos la riqueza cultural que traen consigo los inmigrantes, es necesario que su religión respete las leyes del Estado de acogida y los derechos humanos universales. No se pueden esgrimir leyes religiosas para justificar actos contra la dignidad de las personas o de la Constitución. La religión, que significa atar y unir (religare), ha cumplido durante siglos una función social vertebradora y debería seguir haciéndolo en el futuro.
Este artículo debería haber terminado aquí, pero creemos necesario añadir la reacción que ha suscitado en Carmen Madrid, contertulia de Bruselas:
- ¿Mohamed?, ¡hum!... cómo me suena esa historia? Más de millón y medio de españoles viven fuera de España, medio millón han sido acogidos en países europeos. La desconfianza y los miedos que despertábamos hace cuarenta años en aquellos países son parecidos a los que hoy siente España. Muchos españoles llegamos sin papeles y circulamos como ilegales, teníamos también la piel más morena, el cabello más oscuro. No éramos musulmanes, pero cocinábamos con aceite de oliva, algo pestilente para nuestros anfitriones, hacíamos mucho ruido y cantábamos coplas que ellos no entendían. Durante años, la vida ha sido muy dura, pero aquellos países permitieron que nos integráramos. El siguiente paso, más importante, consistió en integrar a la segunda generación al sistema educativo, factor clave para la cohesión social. Muchos gozaron de ayudas que hicieron realidad el sueño de cualquier padre: sus hijos estudiarían y no sufrirían como ellos. Como hija de emigrante quiero pensar que España será capaz de responder con dignidad a las esperanzas que los inmigrantes han puesto en nuestro país y que sólo responden a un ansia irrefrenable o, mejor dicho, a un derecho inalienable del hombre a una vida digna y decente.
http://www.levante-emv.com MANUEL SANCHIS *Tertulia Guillermina Medrano/Sección Valencia [firman también I. Antuñano, G. Aranda, F. Cabezas, F. Marco, D. Molina, S. Pemán y T. Prieto]


